¿Cueces o enriqueces?

Señores, hoy he tenido una revelación. He visto cosas que jamás creeríais que existen, mundos en los que no hay políticos corruptos y en los que no existe el spam. Y también he visto macarrones. Sí, macarrones.

Supongamos que tienes un cliente al que le empiezan a sonar las tripas. Él, adorador que es de la buena y tradicional pasta italiana, te pide un plato de macarrones con el que saciar su apetito. Y tú sabes que un comensal satisfecho es un comensal que repite. Por tanto le informas de tu buena labor cocinera. Narras que una buena ración de macarrones a la parmesana, preparados con mimo y esmero, transportarán sus papilas gustativas más allá donde el Avecrem jamás ha llegado.

Nuestro querido y futuro consumidor no tarda en babear y comienza a frotarse el abdomen ante lo que se avecina. Pero la felicidad se torna en consternación cuando descubre horrorizado que dicho manjar le va a suponer un desembolso que no termina de entender. Pero si son unos macarrones!

La jornada concluye con un cliente agridulce que se ha quedado con hambre tras haber degustado un buen plato de macarrones cocidos y recalentados en microondas. A un precio bastante más ajustado, eso sí. Quiza la próxima vez debiera pensar seriamente si el ahorro es un beneficio o no. Y que vivan los macarrones!